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En el mundo del vino, como en tantos otros ámbitos, los egos interrumpen. Llenan de ruido al mensaje, confunden.

Había un tipo, fachero, pintón, carismático, simpático que sabía de su condición. Obviamente, las mujeres se le abalanzaban y se enamoraban de él, y el muy siniestro las rechazaba a todas.

Un día, uno más groso que él, lo castigó. Y provocó, mediante un recurso mágico, que se enamorará de él mismo. Concretamente de la imagen que se reflejaba en un estanque. Y como era incapaz de separarse de ella, se arrojó intentando besarla y se ahogó. Allí creció una hermosa flor, que llamaron Narciso.

La mitología griega tiene historias que sirven para aprender y reflexionar sobre la vida, gracias a sus metáforas.

El aspecto más vulgar

El mundo de los egos existe en todo el “planeta vino“. No sólo en la Argentina. Desde épocas inmemoriales, cada botella no era solo el líquido que tenía dentro, sino mucho más: el terruño, el país, la historia familiar, “lo irrepetible e incopiable que soy”.

En la Argentina, esta conducta existe y hasta se vuelve un poco más vulgar, porque nuestro país en cuanto al mundo del vino es un jovencito recién llegado a las grandes ligas. Entonces todos están con el sonajero intentando llamar la atención. Incluso, en muchas ocasiones, con conductas autodestructivas.

Narciso. Foto: Gentileza.

Para dar un ejemplo de esto, en otros lugares del mundo cuando se habla de vinos, es muy raro encontrar enólogos “rockstars”, como los llaman acá. En general son las marcas o las bodegas las que se hacen cargo del ego. No le dan esa responsabilidad al técnico que elabora los caldos. Pero bueno… las cosas acá se hacen a la manera argentina.

Así es que, aparte de hacer un rico Malbec, pónganse la campera de cuero, píntense la cara y que comience el show. Es lo que toca.

Es necesario regarlo

Por eso, si usted lector mira bien y atentamente, en el mundo del vino va a percibir conductas un poco anormales. Pero tiene que mirar bien.

Si es amante del vino seguramente habrá escuchado, leído, o como sea que se haya enterado cosas al estilo… “este vino ganó el best cosechador” o “está dentro de las mejores botellas”… elegidas por un tipo que tiene nombre de actor de cine.

Quizás vio en los diarios que se entregaron en la provincia los premios a los mejores de “ponga el título que usted quiera”, del vino argentino, de las bodegas, de los viñedos “hermosos” y cantidad de concursos que pululan por ahí.

¿Me sigue? Hay una permanente necesidad de aprobación y puesta en valor, que además de confundir al que mantiene la industria (o sea usted, consumidor), llena el ego de todos sus integrantes, los hace crecer, los alimenta, los riega para que crezca.

Creció una flor

Sin embargo, más allá de todo ese maquillaje, allí hay algo superior. Y es por eso que duele tanto lo que pasó esta semana con las heladas tardías. Porque la esencia está ahí. No en nosotros, no en las personas. No en los egos finitos.

Lo que hay que cuidar es la tierra que pisamos, el aire que respiramos, el agua (cada vez más escasa), la flora que está ahí, la fauna que la acompaña, y que nos mira sabiamente.

Todo esto es lo que debe formar ese enorme estanque, para que nos sumerjamos y nos besemos. Allí crece una hermosa flor. Se llama vino argentino y siempre deja el ego en la puerta.