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A muchos nuevos interesados en el mundo del vino, en muchas ocasiones, pueden verse intimidados, por un mundo que segmenta y divide.

Siempre vamos a escuchar, en primera instancia, que el vino es una bebida amable, alegre y que conecta personas de ámbitos diferentes. Aparte de ser milenaria y consumida a lo largo del tiempo.

Incluso y es una realidad, los jóvenes y nuevos consumidores pueden tener una gran curiosidad y espíritu movilizador para meterse en el mundo del vino. Ahora, la aventura puede resultar no tan sencilla.

A la hora de meterse más en el mundo del vino, nos podemos encontrar con un gran número de “entendidos”, que directa o sutilmente transforman esa maravillosa experiencia de descubrir algo nuevo, en algo desagradable y hasta “humillante”.

De manera osada, responde a las preguntas de alguien que desconoce este mundo del vino, de manera despectiva y casi tratándolo a ese inquieto nuevo consumidor como un verdadero inculto en la materia.

En la bolsa caemos todos: periodistas, sommeliers, enólogos, bodegueros y demás personajes autoapropiados del título de Magister en lifestyle. Obvio que hay excepciones. Como en todos los ámbitos de la vida, pero la tendencia se huele.

Este vino no es para vos

Estimado lector, dígame con una mano en el corazón. ¿Alguna vez no le pasó, que en cierta situación, por preguntar algo vinculado al vino, se sintió mal, como desubicado por haber preguntado eso?

Y con la otra mano en el mismo corazón. ¿No resulta sencillo y hasta lógico salir de ese lugar y pasar a otras bebidas, que en principio no me hagan tantos cuestionamientos?

La exclusividad, lo esnobista, el “yo hago algo diferente”, “eso no va más”, puede ser muy divertido y regocijante para un grupito de gente que se aprendió todos los tags de memoria, y que los repite para pertenecer a círculo de loros y focas, que repiten y aplauden sin cesar lo que gusta a 10 paladares “referentes” mundiales.

Pero quedarnos enfrascados en ese zoológico de banalidades, que como resultado sólo tiene menos consumidores es un desquicio. Desde lo comercial, desde la imagen, desde la proyección que tiene que tener el vino argentino.

Alejarse del algoritmo

Casi como funcionan hoy la redes, en donde nos siguen mostrando aquellos que nos gusta, la misma lógica funciona en el mundo del vino. Mientras más importancia le demos a supuestos “especialistas” y le atribuyamos verdades absolutas, más entrampados vamos a estar.

Lo mejor es tratar de romper esa lógica y poner en cuestionamiento todo lo que se dice del lado “experto”. Y esa reformulación la dará nada menos que nuestro paladar, nuestra sensibilidad para elegir un vino. Ya sea por la etiqueta, por el varietal, por la zona o vaya a saber por qué cosa. Y repetir el ejercicio hasta el hartazgo. 

Ese surfeo riquísimo por la variedad de opciones que ofrece el vino; como ninguna otra bebida en el mundo, es lo más hermoso de la experiencia. La diversidad de lugares, de estilos, de uvas, de historias, de modos, es lo que nos permitirá no tener más experiencias desagradables con el vino.

Es intentarlo sin caer en la trampa. Romper el maleficio o el algoritmo. Porque si bien hay mucho hecho, queda muchísimo por descubrir.