El chef de Bodega Andeluna tiene muy claro donde va la gastronomía de ese restaurante. Originario de Buenos Aires, se inclinó por Mendoza para seguir su carrera, fundamentalmente por sus productos y sus paisajes.

Hoy la cocina de las bodegas va mostrando distintos matices y propuestas. Ya no es sólo esa propuesta exclusiva para visitantes con gran poder adquisitivo. Y tampoco es, solamente esa cocina vinculada a la alta gastronomía. Las opciones son variadas y la identidad parece ser el eje conductor.

Bodega Andeluna se encuentra emplazada dentro de uno de los terruños más venerados por el vino argentino: Gualtallary, en el Departamento de Tupungato, en el Valle de Uco. Con vistas alucinantes y con un arquitectura de gran calidad para el lugar, la transforma en un sitio imperdible para los visitantes de los caminos del vino.

Allí su chef ejecutivo es Pablo Marigliano, un personaje inquieto que proviene de San Pedro, en Provincia de Buenos Aires y que ha impregnado la cocina del lugar con ese espíritu. Con conceptos modernos, entendiendo la tierra y dándole al vino el lugar que tiene que tener.

Enfocado en la sustentabilidad, fiel creyente de la comunicación como un arma importante para el desarrollo de la cocina, y potenciando a los productores, habló con VyBV sobre su estadía en Andeluna:

¿Cómo fue tu llegada a Bodega Andeluna?

La verdad que fue fantástico, estoy gratamente sorprendido de poder tener al alcance de la mano tantos productos, nobles y de calidad que tienen aquí en Mendoza y poder trabajar con ellos es una experiencia fantástica.

¿Cómo definís el menú de la bodega?

Si tuviera que elegir palabras para definirlo, diría que es tierra, vida, Mendoza, Gualtallary, Valle de Uco. Porque va a encontrar la descripción perfecta de cada uno de los elementos que conforman este terruño, como su clima, su flora, su fauna y más allá de la vista maravillosa que tenemos en la bodega, a nosotros siempre nos gusta brindar una experiencia. Vas a venir a disfrutar de productos que quizá son cotidianos, pero que no lo estás consumiendo. Y que eso pueda mantenerse en la memoria emotiva por bastante tiempo.

¿Es posible combinar la idea de alimentarse con la de vivir una experiencia?

Totalmente. Las bodegas están apostando mucho a sus restaurantes, la gente que llega a ellos busca una experiencia y exigiendo más de lo que pueden conseguir en otra provincia y otro país. Y eso lo demuestra el público internacional que tenemos a diario, por lo que se apuesta de manera constante a la gastronomía y el enoturismo.

¿Y cómo es la interacción con ese público?

Las palabras son muy halagadoras, hasta da pudor repetirlas. Y hoy llegan acá no sólo por los vinos, sino también por su comida. De hecho, muchos de los comensales que tenemos hoy en día, ya es su tercera o cuarta vez que llegan al lugar.

Si experiencia es todo ¿los vinos y la gastronomía como juegan ese papel?

Está pensado que todo contribuya a la excelencia. Desde el servicio, el lugar y todo lo que conforma esa experiencia. Contamos con un gran equipo humano que apunta a lo mismo. Y todas las mesas se atienden de la misma manera: así esté un crítico y un comensal recién llegado.

Al final del camino, los chefs están siendo transmisores de cultura…

Si, generalmente conocés la cultura de un lugar por medio de la gastronomía. Es la comida, es la música, la historia. Mendoza es uno de los lugares más ricos en ese sentido.